Un día cualquiera

A veces, da vergüenza eso de contar que tu día fue una mierda con la de movidas que hay en el mundo y otros quejándose. ¡Porque quejar nos quejamos todos! Aunque sean insignificantes o de risa esas quejas. Porque el que se queja así es que fue afortunado en su vida y una persona extremadamente negativa que no vio más allá de sus ojos, que de esos hay unos cuantos, ¿verdad? Son una auténtica pereza. Los quejicas digo.

Mientras escribo esto escucho la maravillosa canción de Louis Armstrong «La vie en Rose» para ponerle banda sonora a mi historia, como se hace en las pelis. Una historia con banda sonora. Y así pues le pongo algo de color a este día que empieza con discusión con mi compañero Martín. Ya sabes, mi compañero o mejor dicho dueño del piso donde vivo en Carabanchel. Me dejé un támpax usado a la vista en el baño.

– ¡Estoy hasta los cojones! exclamó Martín.

Si es que la regla no trae cosas buenas, o sí, ya que es síntoma de que no te quedaste preñada por aquel mal polvo que echaste sin condón. (También podría ser un buen polvo y que el condón quedara dentro. Hay muchas combinaciones.)

Martín, es un amigo de hace años. Los dos estudiábamos juntos en la universidad, no es mal tipo, pero a veces se enfada por chorradas, o eso me parece a mí:

– Bueno Martín, no te enfades, joder tío ¡me despisté!

– ¡Cualquier día os vais de mi casa tú y Cristina!

– Vale tío, pues cuando lo tengas claro, nos dices.

– ¿Me estás vacilando?

Martín actualmente está sin trabajo, le echaron hace unos meses de una famosa agencia de publicidad y últimamente paga sus movidas con nosotras. Es lo que tiene la convivencia. Se pasa el día viendo series y pelis. Y según Cristina, masturbándose. Yo no le he pillado, ella tampoco. Son suposiciones, porque a veces al encender la tele salta el canal porno. Su novia le dejó hace unos meses. Fue entonces cuando me propuso compartir piso con él. Después llegó Cristina a través de un anuncio. No es que ella se anunciara, ya me entiendes. Recuerdo el día que llegó con tres maletas de ropa y dos putos peluches que conservaba de pequeña. El caso es que estoy deseando que Martín deje las series y encuentre trabajo. Yo creo que se toca más los huevos que el pene pero bueno.

Y después de esto me he montado en el coche con el sol indeciso. He colocado los retrovisores porque siempre hay algún tonto que le da por romperlos o descolocarlos, cosas que se hacen porque mola joder al prójimo. En el primer semáforo un pavo con corbata verde como la de Tecnocasa ha bajado la ventanilla de su coche y me ha preguntando qué a donde iba tan guapa. ¿Qué se supone que debo responder?: «He quedado con tu mujer para desayunar» o «Voy a trabajar y a pasar un maravilloso día con mis compañeros de trabajo». Espera, no. ¡Ya la tengo!:

-Me estoy cagando como un mirlo, tengo prisa.

Después viene ese momento que me encanta, ese NO es NO, que es aplicable a muchas más situaciones (menos serias por supuesto). Parar en el siguiente semáforo y ni siquiera te pregunten si quieres limpiar la luna frontal de tu coche porque no te da tiempo a responder cuando ya tienes el chorro del agua mezclado con jabón cayendo por el cristal mientras gesticulas en negación con el dedo indice de tu mano derecha. Entonces bajas la ventanilla y gritas:

-Si dices NO, es que es NO. ¡Joderrrrrr!

Hoy estoy algo desquiciada, lo sé. Encima he llegado 20 minutos más tarde a la oficina por el tráfico.

– Buenos días. -Buenos días. -Buenos días. -Buenos días.

Así hasta que llego a mi puesto de trabajo, al fondo del departamento de redacción. Me quito al abrigo, el sombrero, los guantes, el vestido, las medias, las bragas y el sujetador dejando sólo los botines y me siento. Este es mi sueño de muchas noches, y no me refiero a ese sueño que tienes pendiente aún por alcanzar. No. Me refiero a un sueño recurrente que suelo tener al comienzo de la semana y siempre recuerdo en el primer sorbo del café mañanero. Me siento en mi sitio por supuesto sólo sin el abrigo. Enciendo el ordenador, reviso el correo, y … ¡ahí está! La súper invitación de la cena de empresa de navidad. En primer lugar no soy nada navideña. Si, soy un coñazo, es justo lo que has pensado, si no me gusta la navidad es que soy un coñazo, lo sé. A los que no os gusta la Navidad, os mando un saludo con guiño incluido. Hace poco mi compañera Lusy escribió un artículo donde decía que las personas complacientes eran las menos felices o algo así. Y llevaba razón, nos pasamos la vida complaciendo a los demás con cosas que no te apetecen hacer, como por ejemplo una comprometida boda, una comida de compañeros de trabajo, una comida familiar cuando no tragas a la cuñada porque siempre fue un bicho o porque no te hablas con el primo el del pueblo. Y luego están aquellas situaciones que se hacen por complacer a la empresa: participar en ese regalo de cumple que ni te va ni te viene, comprar ese décimo de lotería de Navidad que sabes que no va a tocar pero por si las moscas lo compras. Confieso que un año no lo compré en la antigua empresa de moda donde trabajé y recé para que no tocara ni un euro.

Dichosas cenas de empresa. ¡No quiero ir! Mis compañeras están como locas porque dicen que es el fiestón del año. Por lo visto, el año pasado, Berta la directora del departamento madre de dos hijos y casada desde hace 25 años se enrolló con Miky, el becario buenorro de 24 años.

-Se les fue de las manos. Nos contó María mientras comíamos en la hora de descanso.

Berta tiene 50 años, y si, es la típica que se gasta todo el sueldo en tratamientos de belleza y pasa su tiempo poniendo en orden su culo y sus tetas. La cena comenzó muy normal pero a medida que fueron pidiendo vino, y más vino, fueron pasando a los brindis:

– Brindo brindo brindo… por mi chochito lindo. Berta brindó por sus partes íntimas delante de unas 100 personas.

– ¿Y qué hizo el resto?,pregunté.

– Hubo de todo, algunos rieron, otros sentimos vergüenza ajena, y el resto hizo la vista gorda.

– ¿Y ella?

– Ella, ¡no se acordaba de nada!

-¿Pero qué vino bebió?

– Chupitos de Jagger, esa bebida que tiene como unas 50 hierbas.

-Ah, bueno, ¿y después?

-Después el mismo restaurante se convirtió en discoteca. Todos comenzaron a beber y a bailar como si tuvieran la vida resuelta. Nada tenía sentido ni sincronía, cuando sonaba Rafaela Carrá algunos bailaban pegados como la canción de Sergio Dalma. Berta le echó los trastos a todo ser viviente, lo último que se supo de ella es que se fue en un taxi con el becario.

-¿Y qué más?

– ¿Qué más quieres saber?

-Pues más cotilleos…

– Jajaja, Leticia, el pibón del departamento no habló con nadie en toda la noche. Se dedicó a hacerse selfies para subirlos a sus redes. Dicen que grabó muchas cosas de la fiesta y que por eso le han subido el sueldo este año porque tiene videos muy comprometidos. Pero ya sabes como son las malas lenguas. -¿Quiénes son las malas lenguas?

-Bueno, estás hablando con una de ellas, jajaja.

Me encanta que todos tengamos esa capacidad de ver que somos hijos de puta en algún terreno. María por ejemplo reconoce que le encanta criticar e incluso especular de las cosas que pasan a su alrededor. -Piensa mal y acertarás. Esta es su frase estrella.

María continuó …

– A ver nada del otro mundo, ya sabes, los pelotas que se sientan cerca de sus jefes para hacerse los simpáticos con ellos. Los graciosos que no paran de contar siempre la misma anécdota. Grupitos de súper amigos repentinos que van todos al baño de la mano.

– ¿Se mean a la vez?

– Si, se mean todos a la vez. Ella siguió hablando y yo mientras pensaba en aquel artículo de Lusy donde exponía aquello de no complacer a los demás porque te hacía más infeliz.

– Oye, María. Me importa un pito la cena de empresa que parece más una peli de Tarantino que otra cosa. No voy a ir.

– Pero, ¿te vas a inventar algo?

– No. Voy a decir la verdad. No me apetece.

– Vale, como veas.

Después de responder aquel correo parece que aquel sol indeciso salió y el día mejoró cuando al volver a Carabanchel tardé un minuto en encontrar aparcamiento en mi barrio. Esto es parecido a que te toque la lotería. Me daban ganas de salir del coche comprar una botella de champán y brindar como Berta por todo lo alto. Porque la suerte de ganar tiempo y no dinero también se celebra. ¡Brindo brindo brindo …!

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