Mi vida en un prólogo

Dicen que en la vida no te puedes morir sin antes plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Recuerdo en mi infancia haber plantado un árbol aunque no recuerdo exactamente cual. Ahora solo me quedan dos. Lo del hijo ya veremos y lo del libro pues igualmente ya veremos. Quien sabe. Si tuviera que hacerlo, lo del libro me refiero porque todos sabemos como funciona lo del hijo, tendría que buscar y pensar la temática. Quizás eligiera escribir sobre mi vida. Aunque a mis treinta y seis es probable que se quedase en prólogo y entonces el resto de las páginas quedarían en blanco porque no tendría más cosas que contar. ¿El prólogo?. Fácil:

Me llamo Isabel, y quiero agradecer este “libro” a mi familia, a mi marido por animarme a escribir cada día y a mi mejor amigo Daniele por aguantarme cada día.

¿Alguna vez has tenido la sensación de que tu vida girase a cámara lenta?. Aunque no sé si el término girar es el adecuado para esta frase. ¿Será que la vida gira como nuestro propio mundo?. Cuando era pequeña soñaba con ser princesa. ¡Es broma!. Pero coño empezar así promete, que parece que voy a contarte un cuento, y no lo es. Mi vida como supongo que la tuya no es ningún cuento. Mis primeros trece años de vida los pasé jugando a lo típico que se jugaba entonces. Porque en los ochenta se jugaba. ¡Acuérdate!. No voy a hacer comparativa con los juegos de ahora móviles y bla bla bla que ya está el tema muy trillado y me entiendes perfectamente. La comba. Las chapas. El escondite. El pañuelo. Burro y esas cosas. Siempre quise ser artista aunque nunca tuve claro qué. Fui presentadora dos años en la gala de fin de curso presentando actuaciones. Canté delante de la clase una canción dedicada a mi perro. Pensé en homenajearle. Aunque la actuación no tuvo mucho éxito por no decir ninguno. Pero lo intenté. Lo de ser niña, sinceramente me pareció un auténtico coñazo. Mis primeros trece años de vida fueron a cámara lenta. Todo pasaba muy lento. El tiempo era eterno. Yo quería libertad. Independencia. Vivir mi propia vida. Después de los trece, cumplí treinta y seis. Así es. ¡Dios miooooooooo!. ¿Por qué?. Vale, si, estoy exagerando un poco. Pero después, todo pasa bastante rápido. Debe tener alguna explicación científica. Después de los trece, tienes que andar pensando a qué dedicarte porque en un par de años decides si eres de ciencias o de letras. Y entiendes que hay dos tipos de personas en tu etapa de adolescencia, los de letras y lo de ciencias. Y también los de fútbol y baloncesto. Mi infancia finalizaba con la primera visita al ginecólogo. Y todo porque me dio la rayada con un documental que nos pusieron en el colegio sobre sexualidad y entonces hablaban de hermafroditas y tal. Cuando volví a casa le pedí a mi madre visitar al ginecólogo para descartar que yo no fuera hermafrodita y todo porque me estaban creciendo los labios menores del “pepe”, “coño”,  “chichi” o como quieras llamarlo. Aquel momento fue duro. Bajarse la bragas. Enseñarle el “pepe” a un médico y esperar a ver su reacción. Voy a cambiar de párrafo si no te importa, así no se te hace pesado mi libro, o mi prólogo. Por cierto, no soy hermafrodita.

¿Qué te viene a la cabeza con la palabra adolescencia?. A mi me parece una etapa realmente chisposa. Saltan chispas con tus padres porque discutes una y otra vez. Saltan chispas con tus hermanos, con los profesores porque ahora eres rebelde y te crees la Reina de Saba que lo sabe todo y no sabes “ná” de “ná”.

En la vida parece que solamente recordamos aquello que vivimos con esa sensación de cámara lenta. Como si el mundo y el tiempo se detuviese. Como por ejemplo el primer beso. Muy asqueroso y muy baboso. Recuerdo haber llegado a casa con la cara empapada. No me gustó nada de nada. O como la primera vez que te acuestas con alguien. En mi caso con dieciocho. Qué te voy a decir de aquello si no me enteré de nada. Hace poco una amiga me dijo que su primer polvo fue el mejor de todos. ¿Cómo coño sería el resto de polvos que ha echado en su vida? Yo estuve años sin saber que era un orgasmo. De hecho pensé que era un órgano sexual dicho así fino, “orgasmo”,  lo descubrí con veintiuno. Con mi primera y adorable pareja. Y es que, tu primer orgasmo no se olvida. Recuerdo gritar en ese mismísimo momento:  ¡qué coño! ¡qué coño! ¡qué coño es estoooooooooooooooo Diossssssssssssssssssss!. Este hombre, DIOS, debe estar acostumbrado a que le nombremos con mucha frecuencia. ¿Será algo antropológico? ¿Por qué usamos esta expresión?. Como te decía antes,  éste si era un momento de parada del mundo y sigue siendo, claro que si, “guapi” .

Voy a resumirte un poco más que me enrollo y al final me paso del prólogo al libro y yo no quería eso. Mi tercera década, de los 20 a los 30. Pues bueno, los primeros años con aquel novio adorable que tuve. Con 25 ya tenia mi propia casa, mi trabajo, mi pareja y un perro. ¿Y ahora que venia? ¿Hijos?. El caso es, que la lié muy parda y entonces ni casa ni novio ni perro, se acabó. Ahora volvía a mi adolescencia y de nuevo a casa de papá y mamá. Y es que agraciadamente desde entonces he vuelto a casa muchas veces, como decía mi madre, mis maletas eran como el baúl de la Piquér. -Claro mamá, porque soy artista contestaba. -Es lo que tiene ser artista, necesitamos vivir en pasión constante.  Y es que en esta década tengo la sensación de haber perdido tiempo. Entregada a lo que parecía amor en muchas ocasiones. ¡Ay si volviera atrás!.

Ahora estoy en los 36. Con tan solo un árbol plantado y más de medio prólogo escrito. No todo el mundo puede escribir su vida en un prólogo jajaja. Aunque me haya saltado escribir sobre los “viceversos” que han pasado por mi vida. O escribir de aquellos que me prometieron cosas a nivel laboral que nunca jamás cumplieron. Sobre todo porque no metieron. Esto es un guiño a todos aquellos parlanchines y vendehúmos que vieron en mi algo de talento con mis ideas y creatividades. Aunque quizás lo vieran o mejor dicho imaginaran en la cama. Como me gustaría decirles cabrones interesados y esas cosas. Un saludo por lo menos desde aquí como hacíamos en los noventa, no perdamos las viejas costumbres. O escribir por ejemplo, aquel momento en el que vi a Carlos por primera vez en el Jazz Club. Entonces se detuvo el mundo. Aunque después me enteré que se estaba grabando un “mannequin challenge”. Para el que no lo sepa es un video en el que los protagonistas aparecen congelados o algo así.

Como diría una famosa en el HOLA: “Estoy en el mejor momento de mi vida”.  Dejaré entonces el libro para dentro de cuarenta años que aún me quedan muchas cosas y más interesantes que contar.

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