Cuarentena. Día 7.

Si hubiese hecho una foto al exterior no habría necesitado filtro alguno para parecer de una época pasada, años treinta o cuarenta. Parecía como si hubiéramos viajado en el tiempo, con ese tono grisáceo que hace que estemos aún más desanimados. Ahora hay dos tipos de personas: el que prefiere un día como el de hoy  porque no soporta un día soleado sin salir de su casa. Y el que desea que salga el sol para iluminar su cara aunque sea desde la ventana mientras cierra los ojos y sonríe imaginando momentos cercanos como los de antes. Pensando incluso en la magia de algunas personas que se solidarizan a su forma y entregan amor transformado en donaciones, en tiempo, en entretenimiento o incluso unas simples torrijas que tu vecina con la que apenas tienes relación ha dejado en la puerta de tu casa después de pulsar el timbre con una nota que dice “mucho ánimo”. Esa extraña mezcla de magia y miedo cada vez que escuchas el aumento de muertes y contagiados. Yo, soy de las últimas, de las que prefieren que salga el sol.

Supongo que con todo esto de la cuarentena se inicia un estudio sociológico. Me refiero a que empiezan a salir tipologías de personas. También están los que llevan el confinamiento en orden y disciplina que sólo salen a comprar una vez a la semana. Y los que, parece ser que aún no son conscientes de lo que está pasando y siguen saliendo de sus casas a pasear, estirar las piernas, o sacar al perro diez veces al día porque casualmente está con gastroenteritis, y otros que confunden la cuarentena con Agosto porque todo ha cerrado y ¡coño! ¡pues a Benidorm!. Con dos cojones, claro que si. Entendemos entonces que a parte del virus, tenemos otro enemigo, el inconsciente o el insulto que más te plazca.

Esta mañana he recibido un vídeo donde hablaba un médico argentino y explicaba cómo podríamos mejorar esta situación. Recordaba aquel remedio casero que usaban nuestras madres y abuelas con vapor de agua, calentando una cacerola usando una toalla por encima de la cabeza para concentrar todo el vapor. Decía que el vapor de agua estaba por encima de los 56 grados, que seria capaz de inactivar el virus y evitaría la proliferación del mismo. Seguramente sea una paletada como muchas cosas que hacemos. Y quizá haya salido en noticias ya la locura del vapor de agua. Pero ante la desesperación y miedo a ser contagiados, en mi casa hemos seguido sus instrucciones. Y si mañana nos dicen que hay que tomar huevos fritos con patatas o hacer un canto gregoriano, o cualquier cosa que no parezca poner en peligro nuestra salud. Yo me apunto, fijo. ¿Te imaginas? Todas los laboratorios del mundo peleándose para subir al pódium para conseguir esa vacuna tan deseada. ¡Sería la hostía! Y ahora resulta que con baños de vapor, remedio casero de las abuelas, se consigue inactivar el virus. Imagino esa llamada a China, a Estados Unidos o a Alemania a lo GILA:
 – Hola. ¿Es el jefe de laboratorio?.

– Si, Dígame.

–  Mire que déjenlo. Que por lo visto un argentino dice que con vapor de agua,  se muere el bicho. 

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